Por Julio Burdman – Anfibia

El triunfo contundente de TODOS en las primarias del 11 de agosto anticipó la llegada de Alberto Fernández a la Rosada. El muy posible presidente saliente y el presidente virtualmente entrante quedaron en una situación incómoda, separados por los largos cuatro meses de una transición que nadie previó. Ni siquiera quienes diseñaron las PASO. Descubrimos que algo anda mal con las primarias: si no va a haber competencia interna, como en este caso, son un sistema que puede fabricar transiciones innecesariamente largas y hasta peligrosas.

El resultado electoral tiene al menos dos explicaciones, vinculadas entre sí. La primera es el rechazo de la mayoría del electorado a la economía de Mauricio Macri. Y no solo a sus efectos en el bolsillo, como la inflación, los aumentos tarifarios o las pérdidas de ingreso (lo que muchos gustan llamar “voto económico”). Millones de votantes dejaron de creer en el cambio de Cambiemos. En 2017 aún creían, y le renovaron el contrato a pesar del bolsillo; en 2019 ya pidieron otra cosa. Les Fernández recibieron el mandato de generar otras condiciones económicas para los argentinos.

La otra explicación fue la unidad del peronismo, facilitada a su vez por el rechazo al modelo de Cambiemos. TODOS es la mayor coalición de base justicialista en mucho tiempo. Se logró tras años de división entre peronistas kirchneristas y peronistas antikirchneristas, una división que contribuyó a explicar los resultados de 2013, 2015 y 2017. La demanda social de un cambio  económico limó las diferencias entre el kirchnerismo, los justicialismos provinciales y el massismo conurbano. Muy pocos quedaron afuera. Vuelve el conglomerado inventado por Perón.

Alberto Fernández será un presidente justicialista por un fenómeno predominantemente partidario. No es un líder mediático ni personalista, ni alguien que haya llegado allí por pura decisión propia. El kirchnerismo, que es la crítica de la economía de Macri, lo propuso. Y desde ese lugar él pudo construir la unidad. Aun cuando el presidente es el presidente, y sobran ejemplos en nuestra historia al respecto, este presidente será más deudor de su entorno partidario que otros. Y tendrá, además, un partido más grande. Una verdadera confederación.

Vuelve el justicialismo porque todos los actores y las instituciones que constituyen el estado peronista tendrán, otra vez, un presidente propio. Vuelven a tener acceso a la Rosada los gobernadores, los intendentes del conurbano, las mayorías parlamentarias, los sindicatos, el movimiento kirchnerista. Notoriamente, Alberto no pertenece directamente a ninguno de estos estamentos. Está llamado a ser un coordinador de todos ellos.

Pero no tendrá mucho para distribuir. Se viene otra etapa de pollo con calabaza. ¿Cómo podrá conformar a todos?

Temor y temblor

Esta nueva transición al peronismo puso a diferentes sectores de la Argentina en un tembladeral. El electorado antiperonista -minoritario pero intenso- y los tenedores de depósitos y activos financieros argentinos -que son, en general, ciudadanos argentinos, aunque el presidente se refiera a ellos como “el mundo”- no querían saber nada con el resultado electoral del 11 de agosto. Tal vez por ello se autoengañaron con encuestas ostensiblemente engañosas. La vieja negación que tan bien explicó Freud: con esta economía y con la oposición unificada, la derrota del oficialismo era difìcil de evitar.

Hay que distinguir, sin embargo. El temor del electorado antiperonista es cultural, y se origina en antiguas creencias resucitadas por el microclima de las redes sociales y la campaña negativa. Ese votante enojado y temeroso no cree que el peronismo sea un partido más de la democracia argentina: lo ve más bien un “aluvión” -la metáfora del “malón” también aplica- amenazante que quiere apoderarse del estado para inflarlo, torcer sus instituciones y orientar todos sus servicios públicos a la medida de las clases populares, entendidas como clientela electoral del populismo. Dejando, claro, a la clase media sin nada. Sin lugar. La aspiración de esa clase media antiperonista es poder resguardarse del país peronista. Y lo expresa en sus aspiraciones: educación y salud privada, tal vez barrios privados; en última instancia, revertir la decisión del bisabuelo y, doble pasaporte mediante, “desemigrar”. Los temores de esa clase media son reales y no deben ser subestimados por Alberto Fernández. Parte de su éxito dependerá de su capacidad de conectar con ese segmento tan importante de la sociedad argentina.

El temor de los ahorristas e inversores financieros es más inmediato. Y también, como el anterior, entendible. Durante el gobierno de Mauricio Macri se generó un ciclo de endeudamiento con promesas de infinita refinanciación. El megaacuerdo con el FMI y la interpretación de que había un gran apoyo político internacional -Estados Unidos, Trump- detrás de todo ello hicieron las veces de respaldo y garante de la burbuja financiera. Los bonos argentinos en dólares, las letras del Banco Central, las acciones de las empresas argentinas -hasta 2018- e inclusive los depósitos a plazo fijo del banco del barrio pagaron bien. Hemos pedaleado como nunca. Y no fue solamente “el mundo que no confía en nosotros”. Fue, fundamentalmente, una parte de nosotros que aprovechó las condiciones.

No está del todo claro si tal apoyo explícito de Trump a Macri fue tan real como se sintió. Hubo algunos gestos más que sugestivos. Pero también es cierto que la lógica del mercado necesita creer en los supuestos que sustentan sus cálculos de riesgo. En este caso, la burbuja se sostuvo en la creencia en Trump y un FMI que bajo sus órdenes iba a garantizar que todo se pague. Eso fue, en parte, lo que un Macri enojado con los votantes sugirió en la memorable conferencia de prensa del lunes 12 de agosto: “esto tiene consecuencias”. Claro: el respaldo de la Casa Blanca era para él y no para el partido que puede iniciar una nueva oleada revisionista en la región.

Pero ahora, con el batacazo de TODOS, las bases políticas y económicas de la bicicleta se caen, y los tenedores de activos o pesos para ahorrar quieren salir antes de tiempo. Los plazos fijos se van al dólar, las letras se cobran en pesos para comprar dólares, las acciones argentinas se venden para refugiarse en papeles más tranquilos. Alberto Fernández, justicialista porteño moderado, un centrista de buenos vínculos con el poder argentino, habló poco pero dijo todo. Que el dólar estaba barato, que las tasas del BCRA eran demasiado altas y que Argentina no es Trump. Sin aclarar más, solo con eso, avisó que la burbuja de estos años se acababa antes de que él asumiera. Los precios se están acomodando al nuevo modelo. Visto así, no estamos en la incertidumbre: simplemente, dolorosamente, los precios se están acomodando a un nuevo modelo. Todo volverá a los valores de antes.

Y aunque Alberto Fernández no sea Cristina, el respaldo que lo sostiene -y lo contiene- es la confederación justicialista que lo puso ahí. Todos saben que lo que se viene será duro. Ya lo es, de hecho: esta nueva devaluación traerá más pobreza y desigualdad. Sus economistas vienen advirtiendo que al principio no se podrá redistribuir. Los salarios argentinos serán bajos en dólares y habrá que administrar la escasez. Pero el presidente virtualmente electo sabe que deberá responder a las demandas sociales, federales y locales del amplio oficialismo que lo rodea.

Este tercer justicialismo democrático, decíamos antes, promete ser un fenómeno más partidario que los dos primeros -menemismo y kirchnerismo. Estos últimos también disfrutaron del sostén de coaliciones amplias y diversas, pero lograron conducirlas a partir de corrientes propias de fuerte impronta (menemismo, kirchnerismo). Las que supieron convertirse, tras un acomodamiento inicial, en locomotoras del tren. Kirchner necesitó vencer a Duhalde, Menem domar una híper; ambos contaron con redes territoriales de gran confianza y encontraron, más temprano o más tarde, su economía política.

Ya veremos qué tipo de justicialismo es el fernandismo. Dependerá del carácter que el presidente sepa o pueda darle. Podemos imaginar, en un principio, un núcleo tecnocrático más o menos ortodoxo -aunque más heterodoxo que el actual- liderado por el presidente que deberá lidiar con la instalación del nuevo modelo de financiamiento, negociando con el FMI, los grandes acreedores, los bancos, los países aliados. Y que deberá pensar en la trama del país productivo tras largos años de parálisis. Tal vez eso es lo que intentará Alberto Fernández en una primera etapa; luego, si no funciona, su plan B será, seguramente, un esquema más regulado. Podemos imaginar un núcleo político más moderado, sensible a las demandas de las provincias y las clases medias urbanas, que gestionará las agendas insatisfechas del macrismo y las grietas abiertas en el año 2008. Ahí, además del massismo y varios gobernadores que se jugaron por los Fernández, hay una nueva generación de dirigentes que ganaron elecciones en grandes ciudades y capitales provinciales que hoy pueden expresarlas. Y seguramente podemos imaginar otro núcleo gravitante en la coaliciones fernandista, más político y social -es decir, kirchnerista-, que buscará su espacio en la gestión del estado social y territorial. Allí donde hay más avidez por recomponer los ingresos dañados. La habilidad y el liderazgo de Alberto Fernández se realizarán en la articulación de la diversidad interna de TODOS.

El post-cambiemismo

De confirmarse en octubre, la derrota del gobierno de Cambiemos y Mauricio Macri será un golpe seco en la alianza no peronista. Como proyecto ambicioso Cambiemos pretendió ganar una batalla cultural -nada más y nada menos- a la Argentina de los últimos 70 años. Sus instrumentos fueron más endebles que sus aspiraciones. Buena parte de su electorado fiel seguirá allí, enojado con la Argentina peronista. Pero su dirigencia enfrentará un cuadro depresivo. Alfonsín, De la Rúa y Macri, en la historia, habrán sido sueños de vitalidad republicana que terminaron en fracaso gubernamental. El espíritu del cambiemismo queda quebrado. Y su coalición, posiblemente, también. Si el balance económico de Cambiemos es negativo y Macri se aparta de la vida política, el espacio que hoy ocupa se disgregará.

A partir de ese momento, el futuro de Cambiemos es una incógnita. Una coalición que en algún momento funcionó como partido pero que deja heridas abiertas entre sus socios. Y si los números de las PASO se confirman en octubre, quedará menguado en materia de gobiernos provinciales y municipales. Un desafío importante del PRO será mantener los gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires y de aquellas intendencias bonaerenses que -obra pública mediante- tienen potencial de reelección a pesar de la mala racha nacional. El radicalismo se jugará a revertir la elección de Mendoza y optimizar sus resultados legislativos y locales. Otros aliados de Cambiemos, como los partidos de Elisa Carrió o Patricia Bullrich, continuarán sus carreras con ejes en sus lideresas y sus banderas programáticas. Pero a todo ello, sin Macri, le faltará un liderazgo coordinador. Inicialmente, en el marco de las dificultades que deberá enfrentar Fernández y con la agenda política argentina dominada por el nuevo actor, no habrá demasiado espacio para el post-cambiemismo. Pero resurgirá. Después de Alfonsín y después de De la Rúa, a la Argentina liberal, republicana y radical le llevó bastante tiempo reconstruirse. Tras varios intentos previos, la Alianza se formó en 1997 y Cambiemos en 2014-15. El electorado está: hay un tercio de los argentinos que nunca, bajo ninguna circunstancia, votará al justicialismo.

Fotos: Federico Cosso (Búnker Juntos por el cambio) y Esteban Collazo (Búnker Frente de todos)

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